La Unión Europea y los incendios forestales

La Unión Europea y los incendios forestales
Angel ANGELIDIS
The European Unión and Forest fires
This article does not take a stand on the causes of forest fires, or on the criticism levelled at the Greek authorities for their management of the catastrophic forest fires in summer of 2007. It aims to study the problem of forest fires based on criteria relating to science and to EU legislation. At the same time, it attempts to draw a number of conclusions on the effectiveness of this approach and of existing EU instruments to prevent and fight forest fires in Europe.
 
El objetivo de este artículo no es de tomar una posición respecto a las causas iniciales de los incendios y a las críticas, respecto a la forma en que las autoridades griegas han tratado la crisis de los incendios forestales catastróficos del verano 2007, sino de examinar este fenómeno por medio de criterios que conciernen a la ciencia, por una parte, y a la legislación comunitaria referida a los incendios forestales, por otra parte. Este artículo intenta sacar algunas conclusiones en cuanto a la eficacia del enfoque y de los instrumentos comunitarios actuales para prevenir y combatir la plaga de los incendios forestales en Europa.
 
Angel Angelidis
Doctor ingeniero agrónomo, doctor en ciencias económicas, consejero encargado de asuntos agrícolas
y forestales en la Dirección General de Políticas internas del Parlamento Europeo. Investigador miembro del Centro de Análisis Político Comparado de Geoestrategia  y Relaciones Internacionales (CAPCGRI) de la Universidad
Montesquieu-Burdeaux IV, fue director en el Ministerio de Coordinación en Grecia, miembro del Grupo a
Alto Nivel de las negociaciones para la adhesión de Grecia, miembro del gabinete del Comisionado Contogeorgis.
Recibió las decoraciones “Orden del Mérito Agrícola” e  “Isabel la Católica” por su contribución a la adhesión
de España a las Comunidades Europeas. Medalla de oro de 25 años al servicio de las Instituciones europeas.
 
Verano 2007: Grecia en llamas
A partir de junio y, en particular, durante la segunda mitad de julio de 2007, las condiciones propicias para los incendios forestales aumentaron en los países del sureste europeo.
Grecia e Italia, y también Bulgaria y Rumania, han conocido un mes de julio entre los más calientes en los anales de su historia. Después de un corto intervalo en que el riesgo bajó relativamente,
Grecia y el sur de Italia, en particular, se expusieron a condiciones de gran peligro a partir de mediados de agosto de 2007.
La situación climática se deterioró a finales de agosto llegando a condiciones extremas.
El 31 de agosto, en Grecia, el fuego había recorrido más 269.000 ha., de las cuales más de 30.000 ha. (11% del total) eran parte de la Red Natura 2000. Los bosques representan más de la mitad de la superficie total quemada en el país (151 355 ha., o 56,2% del total), las superficies agrícolas 114.649 ha., o un 42,6% de la superficie total quemada, porcentaje que es el segundo más elevado (después del de Bulgaria: un 56,6%) entre los catorce países europeos incluido Turquía, que forma parte de la red European Forest Fire Information System (EFFIS).
Grecia ocupa el primer lugar entre los países siniestrados con una superficie destruida que representa un tercio de la superficie total quemada registrada por la Red EFFIS durante los ocho primeros meses de 2007 (más de 810.000 ha. en total). Este cálculo se hace sobre la base de imágenes satelitales y cartografías de incendios que recorren más de 50 Ha.: la superficie real afectada por los incendios es probablemente muy superior a estos datos.
La biomasa quemada en Grecia fue de 2,7 millones de toneladas, lo que provocó la emisión de 4,5 millones de toneladas de CO2 representando un 37% del total (7,3 millones de toneladas y 12,3 millones de toneladas, respectivamente, en los catorce países citados en el informe del EFFIS).
Las regiones griegas más afectadas fueron Peloponeso y la isla de Eubea. Las consecuencias económicas directas de los incendios se calcularon inicialmente en más del 10% del PBI del país, viéndose seriamente perjudicado el potencial agrícola, silvícola y ganadero de las regiones siniestradas. También deben tenerse en cuenta las repercusiones negativas sobre el sector del turismo, tan importante económicamente. Así como la destrucción nefasta del patrimonio natural y de la biodiversidad de los bosques quemados. Conviene también destacar el carácter gravemente fatal de estos incendios, el balance de pérdidas humanas asciende a más de sesenta muertes, entre ellas de bomberos. Estos incendios constituyen la mayor catástrofe que el país conoció desde la Segunda Guerra Mundial.
El Peloponeso tampoco había sido tan devastado desde la invasión de las tropas egipcias de Ibrahim Pacha, venidas para ayudar a los turcos, en dificultades durante la guerra nacional de independencia (1821-1830).
La solidaridad europea se manifestó mediante el mecanismo comunitario de protección civil. Recuérdese que, treinta Estados participan en este mecanismo poniendo en común los recursos a disposición de los países europeos y también de los países terceros afectados por las catástrofes.
Estas actividades son coordinadas por la Comisión, apoyada por el Centro de seguimiento y de información (MIC) de la dirección a cargo de la protección civil (DG Medio ambiente). La asistencia en Grecia fue la operación más importante realizada por el mecanismo de protección civil desde su creación en 2001. Aviones y helicópteros para combatir el fuego y bomberos franceses, italianos, chipriotas, rusos, etc., vinieron y participaron directamente de la lucha, junto a los bomberos y a los equipos griegos.
El balance de los incendios forestales en Grecia figuró en el orden del día de la sesión plenaria del Parlamento Europeo del 3 al 6 de septiembre de 2007, en Estrasburgo. El 4 de septiembre de 2007 fue votada una resolución, luego de un debate. Sin embargo, esta Resolución lleva como título no los incendios forestales, sino simplemente las catástrofes naturales, ¡los eurodiputados han hecho la amalgama de los incendios en Grecia con las inundaciones en el Reino Unido! Y contrariamente a la sugerencia de las organizaciones profesionales, esta Resolución no habla de la necesidad de proceder a un peritaje sobre la eficacia de las medidas comunitarias de defensa contra los incendios (DFCI), sino que repite la propuesta de la Resolución del 18 de mayo de 2006 de enviar a una delegación de diputados para visitar las zonas siniestradas, acción que estas mismas organizaciones profesionales juzgan inútiles. Por añadidura, la calificación de los incendios forestales como “catástrofes naturales” ya constituye una posición “política” adoptada respecto al origen de los incendios que no siempre corresponde con la prueba científica, tampoco con la constatación in situ en agosto de 2007, que la gran mayoría de los incendios no se deben a causas naturales, sino que tienen origen humano: accidentes, negligencias, imprudencias, o incluso actos intencionales.
(véase. capítulo: Causalidad más adelante).
 
El número y los orígenes de los incendios en la Unión Europea
Los datos estadísticos europeos
El rol de los bosques es multifuncional. Además de su contribución esencial a la economía local y nacional (producción y empleo), ellos ejercen otras funciones igualmente indispensables. Su dimensión ecológica en la conservación del medio ambiente (protección de las aguas, de los suelos, la biodiversidad, la estabilidad climática…) resulta primordial.
Actualmente, los bosques de la Comunidad sufren agresiones, de tipo abiótico, biótico o puramente antropogénico que, por una parte, son la causa de una importante pérdida económica en productos de madera, y de otra parte, de un grave perjuicio al medio ambiente.
Los incendios forestales figuran a la cabeza en la lista de las agresiones más graves, de tal modo que se han convertido en un tema emocional cuyas dimensiones son proporcionales a los daños causados y que sobrepasa las fronteras geográficas in stricto sensu.
Aunque ningún bosque esté completamente al resguardo de los incendios, en Europa éstos conciernen esencialmente a los países meridionales, es decir, España, Francia, Grecia, Italia y Portugal que conocen regularmente períodos de sequía prolongados. Alrededor de treinta y cinco millones de hectáreas de superficies forestales, es decir alrededor de una cuarta parte del bosque comunitario (UE25) - de manera permanente o cíclica – están expuestas al riesgo de incendio.
Se trata principalmente de bosques situados en las regiones del sur de Europa, bajo la influencia del clima mediterráneo.
Más de la mitad de estos bosques se encuentran en la Península Ibérica y un 60% de entre ellos pertenecen al sector privado. Su productividad es muy variable. Si bien es escasa o nula en las poblaciones vegetales muy deterioradas como en el caso de las garrigas en el sur de Grecia y el sureste de Francia, ella puede ser muy elevada como en el caso de la vertiente atlántica de España o Portugal. La diversidad de estas formaciones vegetales es a menudo muy rica, lo que representa un patrimonio biológico y genético importante.
 
 
 
Por otra parte, el rol de estas formaciones vegetales en la protección contra la erosión (muy grave en las regiones meridionales) es fundamental. Es necesario destacar también la creciente importancia de este bosque en su dimensión social, especialmente durante  la afluencia  turística en temporada estival. La protección de este patrimonio forestal constituye pues, un verdadero desafío a nivel económico, ecológico y social.
Cada año, más de 55.000 incendios recorren en término medio alrededor de 550.000 hectáreas de poblaciones forestales o sub-forestales en las regiones mediterráneas de la Unión Europea, lo que representa un 1,55% de las superficies forestales en riesgo (indicador “ grado de gravedad o presión del incendio »). El número anual de incendios de bosques y espacios naturales se duplicó de 27.000 a 50 000, lo que significa un incendio cada diez minutos, pero el indicador “superficie media quemada por aparición (hectárea/incendio)” ha disminuido a la mitad (10 Ha. en término medio).
Durante los últimos 25 años (1980-2004), más de 1.233.900  de incendios destruyeron más de 12.305.900 ha en los cinco Estados miembros previamente mencionados, lo que representa alrededor de un 9% de la superficie forestal total de la UE15, es decir una superficie superior a la superficie forestal de Rumania. A escala mundial, se estima en 15 millones de hectáreas la superficie de los bosques y otras tierras arboladas afectadas por el fuego cada año, lo que representa alrededor de un 0,3% de la superficie total de las tierras arboladas del planeta. Pero el impacto de estos incendios es mucho más importante de lo que hace pensar este escaso informe de superficie, tanto en las zonas siniestradas como en otras zonas a escala subregional o regional, o incluso mundial.
Si tomamos como referencia los años recientes, la tendencia es a una ligera reducción de las superficies incendiadas, pero constatamos sin embargo una neta evolución de los tipos de incendios. Los grandes incendios, es decir, los que queman de un solo golpe más de 500 hectáreas, representan una parte cada vez más importante de las superficies incendiadas(pasaron del 35 al 70% en veinte años), produciéndose en un número de días cada vez más escaso. Distintas hipótesis explican esta tendencia: en primer lugar, el hecho de que en situación de riesgo escaso o medio, la mayoría de los incendios son “controlados en su inicio”; se trata entonces de escasas superficies.
Contrariamente, en período de muy alto riesgo, cuando las condiciones meteorológicas son explosivas (períodos de sequía, grandes calores, vientos violentos), el aumento de la cantidad y de la continuidad del combustible vegetal, debido a la depreciación agrícola y silvícola, ofrece a los grandes incendios posibilidades de extensión que nunca habían conocido hasta el presente. Así, las superficies incendiadas por grandes incendios-catástrofe, que ocasionan destrucciones que sobrepasan ampliamente el límite del propio bosque, son cada vez más grandes.
 
Una causalidad compleja
El fuego, cualquiera que sea su origen, representa el agente de alteración de la vegetación más extendido en la mayoría de los ecosistemas. Se pueden distinguir dos orígenes: las causas naturales y las causas intencionales.
Las causas naturales de incendios existen, ellas actúan mucho antes de la aparición del hombre (rayos, erupciones volcánicas, etc.), favorecidas por las sequías y los vientos. Anteriormente, las superficies expuestas a los incendios naturales fueron muy importantes y podían cubrir millones de hectáreas. Pero el lapso de tiempo generalmente largo que separaba cada uno de estos fenómenos permitía al ecosistema de reconstituirse. Siendo la acción del fuego sobre los bosques muy antigua, la vegetación que existe hoy es el resultado de un equilibrio ecológico del medio natural del que el fuego ha sido un elemento importante.
La intervención del hombre, cuya intensidad aumenta de manera parabólica en función de la densidad demográfica y del progreso técnico, modifica este equilibrio natural y a menudo resulta en efectos desastrosos. Esta intervención humana se manifiesta bajo varias formas:
El fuego es un antiguo instrumento agrícola para ganar terreno sobre el bosque en los llanos y montañas, para preparar la labranza y limpiar el suelo después de la cosecha y poder trabajarlo nuevamente. El grado de destrucción de los bosques está vinculado al número de personas que viven de la agricultura y a la intensidad de la producción agrícola que se incrementa cuando el sector primario se convierte en elemento motriz del desarrollo económico (producción de alimentos destinados a la exportación).
Los ganaderos, por su parte, aprendieron de la propia naturaleza a quemar los pastos para regenerarlos. La quema de pasturajes sigue siendo una importante causa de incendios en las zonas del sur de Europa y esto, a pesar del hecho de que la ganadería de montaña pueda constituir una actividad de simbiosis entre la ganadería y los bosques, en la medida en que el pasturaje controlado permite disminuir la acumulación de combustible en las maderas. La explotación de la madera quemada vendida a bajo precio se inscribe también entre los orígenes intencionales de los incendios.
Durante los últimos treinta años, el fenómeno de urbanización fue la causa de nuevos aspectos en la relación entre bosques y fuego. La población de los países industrializados se concentra principalmente en las ciudades. Esto supone un crecimiento de las necesidades de terreno para las zonas urbanas y a su vez, el detrimento de los terrenos agrícolas y forestales. La especulación territorial que le sigue se ve además favorecida por la falta de una reglamentación firme concerniente a la definición y la utilización de las superficies forestales (catastro forestal).
Otro fenómeno asociado a la urbanización es el de la demanda creciente de actividades recreativas, que da lugar al desarrollo reciente del turismo. Las condiciones de vida artificiales en las ciudades hacen que el Homo Urbanus procure el descanso construyéndose una residencia secundaria en una zona forestal o bien pasando allí su tiempo libre. Y con él, viene el fuego. Este problema se incrementa en países turísticos como España, Francia, Italia o Grecia y en zonas desarrolladas como el oeste de los Estados Unidos. En España, por ejemplo, 35% de los incendios forestales tienen lugar durante el fin de semana.
En regiones de concentración demográfica máxima, la proporción de incendios causados por los visitantes de los bosques asciende al 60%.
Las motivaciones políticas también pueden ser al origen de incendios intencionales. Los incendios se utilizan incluso como armas de guerra, tanto en la antigüedad como en los tiempos modernos. En fin, es necesario mencionar los actos criminales deliberados, como la venganza, la delincuencia, la exclusión social, la piromanía, etc.
Para la mayor parte de la opinión pública, los incendios forestales son acontecimientos extraños, un problema de la sociedad reciente, debido a algunas circunstancias socio-estructurales, económicas o políticas. Por otra parte, aunque los incendios estén vistos como un fenómeno local, derivados del propio medio ambiente y las particularidades de cada país, las causas de origen del fuego se parecen asombrosamente entre todos los países en cuestión, de allí el desarrollo de una solidaridad europea, en particular, para la lucha y el aporte de ayuda en favor de los siniestrados.
Las causas de los incendios están ligadas a dos grandes categorías de situación:
- la conjugación de efectos biológicos, físicos, climáticos;
- el impacto directo del encendido.
Tradicionalmente, son los segundos los responsables del riesgo y es sorprendente constatar la relativa homogeneidad de las causas iniciales inmediatas del fuego de un país a otro. Calificadas de causas inmediatas, ellas son a menudo desconocidas, pero en general tienen un origen humano: accidentes, negligencias, o incluso actos voluntarios.
Los incendios de origen natural (rayo, etc.) en todas partes son minoritarios.
En cambio, los orígenes que se podrían calificar globalmente de geográficos remontan a factores de génesis del riesgo, los cuales – conjugados entre ellos- preparan la acción para el pirómano o el incendiario. Calificadas como causas profundas, ellas son decisivas, profundas, graves, difíciles a delimitar, aislar y tratar estadísticamente.
Encontramos, en los países del sur de la Unión Europea, una mayoría de incendios de “causas desconocidas”, el resto se reparte entre los fuegos de origen accidental (fuegos agrícolas, trabajos rurales, etc.), los fuegos por negligencia  (basureros, líneas eléctricas mal desbrozadas, circulación rodada, ferroviaria, etc.) y los fuegos deliberados.
Los verdaderos incendios fortuitos (rayos) son minoritarios en todas partes. Se podrá retener de este vistazo que el hombre es aún el protagonista de estos incendios, ya sea por sus actividades, o por sus imprudencias, o por malevolencia directa.
Notamos también en la mayoría de los Estados miembros que la mayor parte de la superficie incendiada anualmente, el citado “score” es alcanzado por algunos fuegos enormes que escapan al control a causa de factores naturales y/o de una cascada de déficits organizacionales y fracasos fortuitos. Como corolario, este resultado ambiguo se debe a los actos de prevención y sobre todo a la mejora de las acciones de lucha, que permiten apagar un gran número de incendios lo más cerca posible de su punto de eclosión.
Las condiciones ideales para el desarrollo de los incendios se encuentran cuando se reúnen algunas condiciones de clima, de estado de vegetación y de gestión social del espacio. Se habla generalmente de incendios forestales, mientras que los incendios devoran de igual manera el bosque de vocación silvícola que el espacio rural sensible, cubierto de maleza o abandonado y más o menos repoblado, y las ciudades, incluidos los cinturones periurbanos verdes hasta los suburbios.
En estos esquemas, los guardias forestales se sienten implicados, pero desarmados cuando su participación no está prevista en las acciones de prevención y sobre todo de lucha concernientes a territorios sobre los cuales ellos tienen conocimientos y experiencias profesionales.
El clima cumple un papel esencial. En los países sensibles, se encuentra siempre la yuxtaposición de dos fenómenos:
- una temporada seca y calurosa, o incluso muy calurosa (de dos, cuatro o cinco meses), característica absoluta del clima mediterráneo;
 
- las sucesión de vientos diversos y fuertes, o incluso violentos, propicios para la rápida expansión de los fuegos nacientes.
Prácticamente, basta con seguir con precisión la evolución de los tres valores siguientes para conocer el estado del riesgo:
- la reserva en agua de los suelos (expresada en mm.);
- la hidrometría del aire, expresada en porcentaje de humedad llamada humedad relativa;
- la velocidad prevista del viento, cualquiera que sea la dirección, muy variable de un país a otro.
La reserva en agua induce un estado de sequía y sensibilidad de la vegetación. La humedad relativa tiene una influencia sobre la propagación de las llamas. La velocidad de los vientos determina su “dinámica”: velocidad en el suelo, forma y actividad de la turbulencia térmica, fenómeno durante el cual el humo y el calor, abatidos hacia el frente por el viento, recalientan y condicionan la vegetación a varios centenares de metros del frente del incendio.
En los esquemas normales de prevención, la aproximación cotidiana de estos tres valores determina los niveles locales de riesgo en función de los cuales los prevencionistas
- guardias forestales y bomberos - organizan su dispositivo del día.
A continuación interviene el estado de la vegetación. Fuera de su estado de sequía, la vegetación es más o menos sensible según:
- su naturaleza botánica (nótese que el proceso que confronta las especies frondosas a las resinosas es un mal proceso; hay resinosas bastante eficaces como el cedro y frondosas malas como la encina). Los servicios de investigación de los distintos países conocen las particularidades de los vegetales respecto a su grado de inflamabilidad (capacidad  de inflamarse al contacto de una chispa) y de combustibilidad (capacidad de combustión y de  transmitirse más lejos, por elevación de temperatura).
- Su estructuración (a tener en cuenta que los campos de un único piso vegetal (monte bajo, oquedal) generan fuegos menos dramáticos a tratar que las formaciones escalonadas complejas (monte alto enmalezado, etc.) en las cuales el fuego cambia sin cesar de dinámica, complicando enormemente la elaboración de esquemas preventivos o de combate). En efecto, en este último tipo, se sabe que un fuego corriente pasa poco a poco hacia las copas, causando dramas a continuación. Es también la razón por la cual muchas acciones preventivas, como el desbrozamiento, tienden a reducir el número de pisos de vegetación y, por ejemplo, a desvincular las copas de los árboles de los fuegos de las hierbas, suprimiendo la maleza intermedia que desempeña un papel de vector.
Es necesario también integrar la gestión social del espacio.
Los espacios híper sensibles pueden clasificarse en dos grandes grupos:
- las zonas rurales abandonadas (de manera espontánea o mediante subvenciones pagadas en calidad de  “política agrícola común reformada”…). Ellas acumulan todos los riesgos:
- vegetación pionera a ligero cubierto, enmalezada;
- ausencia de toda gestión (ya no son zonas agrícolas y todavía no son bosques. Nadie encuentra una materia de actividad excepto la de la caza y a veces el paso de una manada). Los catastros a menudo se pierden (Grecia, Italia), o los propietarios están ausentes (Francia del Sur), de modo que ningún trabajo de servicio público es posible sin el previo derecho de propiedad, pesado y costoso.
- Los cinturones urbanos que proceden del abandono de toda actividad hortícola o pequeña agricultura de proximidad en torno a las ciudades. Allí también, estos “depósitos verdes” acumulan todos los riesgos:
- como en las zonas rurales, vegetación sensible, catastros poco claros;
- servicio de transporte arcaico, jamás adaptado a la proximidad de una ciudad muy cercana;
- inmensa disparidad entre el valor de los terrenos edificables, rápidamente limpiados y valorizados, y los otros, de los que nadie se preocupa.
Como en las zonas rurales abandonadas, la adaptación de tales espacios requiere pesados trabajos de excavación y numerosos participantes.
Los pocos esquemas conocidos hasta ahora en Europa ponen de manifiesto que la corrección de estas derivas se enfrenta con problemas casi insolubles, como, por ejemplo, el del éxodo rural o la expansión anárquica de los suburbios.
 
 
Las consecuencias de los incendios
El fuego ha sido siempre un elemento presente en los ecosistemas forestales situados en climas secos y las causas naturales (rayos, etc.) siempre han existido. Los incendios recorrían a veces grandes superficies, pero se espaciaban mucho en el tiempo y los ecosistemas se regeneraban entre cada incendio. Algunas especies  incluso se adaptaban al paso del fuego.
En primer lugar los bosques pioneros, expansionistas, que son generalmente los pinares, se regeneran por semilla de manera muy intensa después de los incendios. A continuación los bosques de robles con hojas persistentes, que se adaptan por una estrategia de resistencia rechazando desde la raíz el paso del fuego. Por último, los bosques denominados de estabilización, de naturaleza variada, sobre todo a base de robles y abetos, que pueden reconstituirse después de incendios irregulares y poco frecuentes.
En la actualidad, las distintas funciones cumplidas por los bosques en general y por los bosques mediterráneos, en particular (paisaje, calidad de vida, protección del medio natural, etc.), la densidad de ocupación y el desarrollo de las actividades humanas, son incompatibles con los incendios, incluso naturales, de tipo catástrofe:
- los incendios económicos conciernen a la vez los daños y a las pérdidas directas de producción silvícola, así como los gastos de reconstitución de las plantaciones destruidas. Incluso conciernen los “daños colaterales” (agricultura, ganadería, infraestructuras, etc.). También deben tomarse en cuenta los recursos a menudo muy importantes  comprometidos en las acciones de lucha y prevención.
- Los efectos sociales inducidos se manifiestan por una degradación de los paisajes y una reducción del valor estético y turístico. La mayoría de los incendios implican, en efecto, una destrucción muy brutal de los paisajes a menudo con un impacto importante en la calidad de vida e incluso en el patrimonio cultural. Los incendios también provocan un desinterés de los propietarios forestales y en consecuencia un abandono de toda gestión, que agrava aún más los riesgos.
- los impactos ecológicos de los incendios son especialmente importantes. Implican un empobrecimiento progresivo de ecosistemas que pasan del bosque a la garriga y luego a la hierba o incluso a la roca. Sobre los suelos inclinados o en pendientes la erosión se ve reactivada. Las consecuencias ecológicas se vuelven duraderas cuando la frecuencia de los incendios en un mismo lugar se vuelve demasiado alta. En las variantes climáticas semiáridas más apremiantes, que se encuentran generalmente en España y Grecia, las frecuencias críticas son mucho mayores y el riesgo de regresión durable del bosque es claramente más elevado. Es necesario destacar el hecho de que estas disfunciones de la regeneración forestal después del incendio, afectan especialmente las zonas litorales, donde todo se acumula para aumentar las apariciones de incendios: climas más áridos, vientos Foehn más violentos y más secos, concentración demográfica, alta frecuentación, intereses económicos, financieros, políticos, etc. Estos incendios demasiado  seguidos implican entonces una regresión durable del bosque en favor de formaciones básicas como el prado o landas, muy bien adaptadas a las elevadas frecuencias de los incendios, pero banales y de escasa biodiversidad. La degradación de los recursos naturales (suelo y agua) y los cambios climáticos importantes resultado de la eliminación de las masas forestales, son también fenómenos que muy a menudo preceden la desertización.
En fin ciertas especies animales, o incluso vegetales se ven amenazadas de extinción.
Otro impacto ecológico muy importante es la emisión de CO2 durante los incendios que desequilibra el contenido de la atmósfera en lo que concierne a este gas y contribuye al efecto invernadero y al cambio climático.
 
Prevenir y curar: ¿cómo proteger el bosque?
Toda política coherente de protección de los bosques contra los incendios debe apuntar:
- a disminuir el número de principios de incendio;
- a disminuir las superficies incendiadas.
La disminución del número de incendios puede obtenerse actuando sobre las causas, que son de  origen humano en un 95%, mientras que la disminución de las superficies incendiadas se obtiene equipando las masas forestales con infraestructuras de prevención, instalando estructuras de vigilancia, y en fin, interviniendo lo más rápidamente posible sobre los fuegos declarados (lucha activa).
 
 
 
La prevención
Ella se esfuerza en corregir las causas observadas, profundas y, naturalmente, directas. Por otra parte, la prevención va más lejos: facilita la tarea de las fuerzas de lucha, exactamente como las unidades de inteligencia en el combate militar.
Las medidas de prevención pueden clasificarse de la siguiente forma:
- educación, sensibilización del público;
- erradicación de las causas accidentales de incendio;
- vigilancia del territorio;
- adaptación específica, equipamientos, señalización;
- cartografía;
- medidas agrícolas, fuegos controlados.
 
La educación y la sensibilización del público
Las grandes campañas de carteles y afiches tienen un débil impacto. Afectan una escasa fracción de la población (del 10 al 15% en las mejores hipótesis de algunas investigaciones publimétricas que han sido realizadas) y esto dentro de una franja humana ya sensible y atenta.
En cambio, se mejora claramente el impacto si se orienta el mensaje:
- hacia los ganaderos;
- hacia los niños;
- hacia los políticos;
- hacia los habitantes de los suburbios, etc.
Una vez elegido el destinatario, la lógica del mensaje es claramente más fácil de delimitar y los procedimientos de difusión son más específicos: por ejemplo, se reunirá a los niños en “clases de ecología”; se informará a los políticos por unidades de masa; se harán demostraciones de desbrozamiento para los habitantes de los suburbios, o de quemas controladas ante los ganaderos de montaña.
 
La erradicación de las causas accidentales
Se tratarán específicamente los puntos sensibles.
 
La vigilancia del territorio
Existen varias posibilidades para garantizarla (guardabosques, ejército de tierra, aviación, etc.).
 
Las instalaciones específicas
Todos los equipamientos correspondientes son bien conocidos por los Estados miembros: pistas forestales especiales; desbrozamiento; puntos de agua accesibles, ya sea para los camiones, o para los helicópteros bombarderos.
La señalización de estas instalaciones debe ser realista y homogénea en los territorios importantes (regiones, zonas) para ser fácilmente identificables tanto de día como de noche, no solamente por las fuerzas de lucha locales, sino por los posibles refuerzos venidos de más lejos, en caso de un acontecimiento grave.
 
La cartografía
Ella responde a las mismas exigencias que la señalización.
Debe indicar además un determinado número de informaciones útiles para las patrullas y  los socorros (líneas eléctricas por ejemplo, cortes de territorio favorables, o desfavorables a la lucha). Las leyendas deben convenirse cuidadosamente de antemano.
 
Las medidas agrícolas y los fuegos controlados
Bajo esta rúbrica se agrupan todas las prácticas que recurren a prestaciones no forestales, generalmente de los agricultores y los ganaderos, para corregir una decadencia histórica del cuidado y conservación del territorio. Es un expediente vertiginoso que la Unión Europea debe conocer cada vez mejor. Encontramos entre otras cosas:
- las mejoras de los pasturajes;
- los fuegos controlados;
- las inversiones agrícolas en lugares clasificados de utilidad pública;
- una animación agrícola y una fase de investigación, etc.
Estas acciones agrícolas se introducen cada vez más en los grandes esquemas de país que integran tanto la coordinación de los equipamientos de prevención de una masa a otra, como la evolución de algunas prácticas silvícolas sobre la base de programas de investigación, etc. Los objetivos son siempre:
- de evitar la propagación de acciones sin futuro;
- de perpetuar lo que se instale y de mantenerlo;
- de buscar la mejor combinación de equipamientos de diferente naturaleza.
No obstante, en numerosos casos, se trabaja aún sin directrices y sin planes maestros.
 
La previsión
Es la alianza entre la vigilancia, la predicción y la alerta.
La vigilancia
El objetivo de la vigilancia necesariamente consiste en disminuir el tiempo de respuesta de las fuerzas de lucha  a partir del inicio de un fuego. Las cifras proporcionadas por los Estados miembros ponen de manifiesto que el tiempo de respuesta y sobre todo el tiempo de toma en cuenta de un incendio puede variar de algunos minutos (casos de redes de alto rendimiento) a varias horas, si la detección se hace mal, o en terreno difícil. Generalmente, un plan de vigilancia implica dos redes:
- una red fija de torres de vigilancia coordinadas, que son a menudo las primeras en detectar los humos y en calcular sus coordenadas en el mapa;
- una red de “patrullas” (motos, vehículos forestales portadores de agua o no), capaces de investigar rápidamente sobre los focos detectados por las torres.
Los guardias forestales y bomberos deben compartir, amigablemente, estas responsabilidades.
La predicción
Ella se basa en el análisis constante de los datos y estudios.
La alerta
Puede efectuarse a partir de puestos de vigilancia y  de patrullas móviles, la rapidez de intervención condiciona su eficacia.
 
La lucha
La lucha activa es un acto de defensa prácticamente militar. Se deduce que debemos transponer las principales virtudes propias de los mejores ejércitos a la lucha contra el fuego:
- rigor en la gestión de las unidades de lucha (y de prevención en caso de vigilancia);
- rigor en la gestión del material;
- información, redes de transmisión eficaces;
- unicidad de mando y estrechas relaciones entre bomberos y guardias forestales;
- unicidad óptima de los recursos aéreos disponibles y de los refuerzos terrestres ordinarios, o unidades comandos;
- informes sistemáticos, seguidos de medidas inspiradas por situaciones vividas.
Resulta imposible proponer aquí los montajes estratégicos óptimos; la situación varía enormemente de un país a otro. La delimitación de las misiones respectivas entre bomberos y guardias forestales no corresponde en todas partes a los conceptos de prevención y lucha activa. Por otro lado, algunos medios de prevención, como las patrullas armadas se prolongan hasta los actos elementales de lucha, al mismo tiempo que las unidades de lucha, desplegadas in situ, en “grupos de ataque”, comienzan una maniobra de prevención/disuasión.
Lo mismo sucede con los medios aéreos, que los oficiales superiores juzgan a veces de diferente manera en cuanto a la eficacia constatada: ¿es necesario retener una parte en patrullas durante períodos de alto riesgo?, ¿es necesario concentrarlos sobre dos o tres focos difíciles o es necesario distribuirlos más ampliamente para apoyar – aunque se moralmente- a las tropas de tierra?
En fin, las unidades especiales, llamadas “comandos de ingeniería”, equipadas con importante material pesado (cañones de agua, desbrozadoras, etc.) hicieron sus pruebas en Francia. Son unidades que cuestan obviamente muy caro y que sirven relativamente poco. Es entonces difícil, para todos los países, crearlas y hacerlas esperar durante todo el año. Allí donde estas unidades existen, el personal y los materiales se distribuyen en el seno de unidades de lucha clásica, su reagrupación no se efectúa  hasta llegado el período de alto riesgo, en un lugar juzgado apropiado por el mando.
Se podrían multiplicar los ejemplos de gestión táctica fructuosa, de medios a reunir o a valorizar: modernización y actualización regular de la cartografía, reflexión profunda sobre la red de radio y sobre sus conexiones con los servicios exteriores aptos para informar, coordinación entre bomberos y guardias forestales a ciertos niveles (con intercambios de personal en los puestos de mando), valorización de los medios exteriores, militares o civiles, trasladado de refuerzos muy a menudo mal utilizados.
En resumen, no se puede juzgar superficialmente del valor de una orden de operación sobre la base de algunos criterios. La calidad del plan se basa:
- sobre la solidez del estudio de los factores de terreno;
- sobre la flexibilidad de empleo de las unidades de lucha;
- sobre la comunicaciones (de informaciones con los guardias forestales, contacto con las poblaciones, recepción de los refuerzos, etc.);
- sobre el esquema de transmisiones, internas y hacia el exterior;
- sobre la adecuación cotidiana de los medios previstos para la situación del momento.
Los países que disponen de medios materiales importantes, pueden permitirse efectuar una política del “cero-fuego”. En este caso, una perfecta coordinación entre los medios terrestres y aéreos debe ser promovida, así como la participación activa de los protagonistas forestales públicos o privados en mejores condiciones de participar en las operaciones de prevención y detección precoces. La pasión pirómana y los conflictos sociopolíticos siendo a veces las causas determinantes para incendiar los bosques, revelan la necesidad de emprender una política de educación y sensibilización conjuntamente a las operaciones de lucha específica. Ella contribuirá a la instauración de métodos de lucha adaptados al medio sociocultural local.
 
Los recursos comprometidos en la prevención, la previsión y la lucha son pues extremadamente variables según los países.
Es importante apoyar estas acciones con esquemas de adaptación global del territorio (sobrepasando el ámbito de los bosques). Parece irrealista pretender conseguir una desaparición total de los incendios forestales. El objetivo de las políticas de prevención y lucha consiste en reducir su frecuencia y en controlar su importancia, para que no amenacen ni las vidas, ni los bienes y que los bosques tengan tiempo de reconstituirse después de un incendio.
Venimos de constatar que los incendios forestales se multiplican aún más cuando la sociedad se separa de sus raíces: las regiones rurales abandonadas, los suburbios cubiertos de broza figuran en primera línea. Los textos, los esquemas tipo - directivos o proyectos - tienen todos en común el objetivo de restaurar, por la ley o por el dinero público, los cuidados que el nativo ya no quiere, ya no puede, o ya no sabe realizar. Una política de prevención no puede ignorar más estos hechos. El futuro pertenece a los proyectos de tipo regionales, que vendrán a apoyar las herramientas preventivas eficaces y cuyas armas se vuelven familiares.
En este sentido, es posible afirmar que la política de prevención es un concepto inevitable. En efecto para limitar los riesgos y su impacto parece lógico prevenirlos o incluso preverlos, y esto para que la lucha - si debe tener lugar - sea más eficaz. También sabemos que todas las medidas preventivas deben ser proyectadas lo máximo posible hacia lo venidero: la prueba del fuego es una lógica que deberán enfrentar tarde o temprano los planes de desbrozamiento, los sistemas de pistas o las talas, las reservas de agua, las asociaciones de comités de voluntarios… A este respecto el ejemplo aquitano de la DFCI sigue siendo un modelo.
No se puede solamente esperar el día de la catástrofe para pedir la opinión del responsable de la lucha. Cuanto antes se lo integre, más se lo incitará a incorporar toda esta panoplia en sus ejercicios de entrenamiento y en sus planes de maniobra.
El vínculo es aún más claro cuando se tratan los planes de vigilancia, que deben ser concebidos por los guardias forestales, en favor de las fuerzas responsables de la lucha. Las maniobras son entonces inseparables y requieren conexiones entre los puestos de mando y las redes de radio.
Una buena política no se basa exclusivamente en la prevención, pero el tratamiento de una región afectada comienza por la corrección de las causas de incendio, desde la más profunda hasta la más banal, progresivamente, siempre en relación con el usuario final del dispositivo que será siempre el bombero…
Queda saber cómo separar los roles, ya que evidentemente, los guardias forestales no saben apagar un fuego de bosque que ha llegado hasta la ciudad y que al contrario, los bomberos no tienen por misión la ordenación agropecuaria y forestal de un territorio.
Es imprescindible, como mínimo, dejar en claro en cada Estado los límites del campo de acción de cada uno y evitar los conflictos entre competencias, de los cuales estamos seguros que conducirán al fracaso de las misiones.
Entre los cinco Estados sensibles, cuatro son afectados prácticamente en la totalidad de su territorio, bajo condiciones climáticas duras; el territorio francés no está expuesto enteramente, pero los daños forestales se vuelven rápidamente mayores en los bosques de mediana producción, sin embargo sensibles. Esto explica una relativa dispersión en las gestiones nacionales, que se añade a la de
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